El escarabajo miope
Lo agradable que tiene conducir y hacer todos los días la misma ruta, para ir al lugar de trabajo, pongo por ejemplo, es que, de antemano, sabes que no hay sorpresas. La densidad de tráfico es de una intensidad aproximadamente igual a la de todos los días, el horario del trayecto es similar, incluso se puede relacionar la lista de semáforos en donde vas a tener que detenerte y aquellos en que si apuras un poquito, o si el flujo de vehículos lo permite, pasarás en verde.
He dicho que no hay sorpresas, pero no es verdad del todo. En el momento en que uno circula por la vía pública al volante de uno de estos artefactos asume que tiene que hacer una concesión a la comodidad del coche: puede encontrarse en el camino con un escarabajo, con una cigarra o incluso con un mosquito. De vez en cuando te cruzas con un saltamontes, o con un pelotero de esos que dan tanto asco. Es inevitable. Estadísticamente tarde o temprano te va a tocar.
¡Dos cosas!
Hace unos días iba yo conduciendo, haciendo el trayecto de todos los días que antes he mencionado, y giré a la izquierda para tomar la penúltima calle, antes de enfilar la entrada al parking de la empresa donde trabajo. Se trata de una calle angosta, con una fila de vehículos aparcados en cordón a cada lado, y, además, es atravesada por dos pasos de cebra que dan a sendas calles peatonales, pasos de cebra que, dicho sea de paso, suelen estar bajo las furgonetas de escarabajos peloteros a los que importa poco el interrumpir el paso a las pobres hormiguitas. Para ellos, lo más importante es terminar pronto el reparto, aunque para ello tengan que meter la hurgona dentro del portal de una comunidad de vecinos. En resumen, es una calle con poca visibilidad, los conductores ya sabéis a lo que me refiero, una calle de esas en las que piensas que te faltan ojos. Por eso siempre circulo a una velocidad moderada por la misma.
De repente, saliendo desde la rampa de un garaje, un coche se me cruza a unos cuatro metros delante de mí. Naturalmente obligándome a realizar un frenazo de esos de quemar los neumáticos en el asfalto.
Me asusto, y el corazón se me pone a 100, pero, a la vez, lanzo una mirada recriminatoria al conductor del vehículo con el que casi colisiono.
No obstante, como no ha pasado nada, y de lo que se trata es de llegar al curro, que ya está cerca, y teniendo en cuenta que el vehículo que ha maniobrado en falso me impide continuar mi marcha, le hago una seña al conductor para que siga su marcha, pero hete aquí que el sujeto no solo no arranca, sino que baja la ventanilla del coche y me dice:
- Dos cosas; primero, no te he visto y segundo, ¡SEGURO QUE NO IBAS A CINCUENTA!
No salgo de mi asombro. El personaje que acaba de cometer una imprudencia y con el que casi colisiono, lejos de disculparse, me echa a mi la culpa de lo sucedido. Yo, perplejo, me quedo sin reaccionar, mientras el escarabajo arranca y continúa su marcha como si tal cosa.
Llego al trabajo sin más sobresaltos, aunque los nervios todavía me impiden comportarme con normalidad, por lo que hago 3 respiraciones profundas y me pongo a escribir el relato de los hechos.